Ríu Profundu. Villaviciosa, Asturies. Foto Céltica
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Cuando observas la diadema de Moñes, (Piloña, Asturias) enseguida percibes que la decoración historiada cuenta un relato en el que los guerreros, los peces y las aguas conforman un conjunto inequivocamente relacionado con el ritual, o con el mundo simbólico.

Reflexiones en torno al culto a las aguas en el NO de Iberia

El río, como fuerza tangible del mundo animista en el paisaje, despierta en el subconsciente humano sentimientos que tienen que ver con el fluir de la existencia, o el tránsito al más allá. No es casualidad que en ellos se depositen ofrendas, destinadas a los seres que garantizan la vida, porque el agua no es más que eso (y no es poco), es la vida, y como tal se honra en todas las culturas antiguas. El cauce se lleva las ofrendas, y el mundo subacuático es visto como una transición o como una frontera con el otro mundo, donde no debes permanecer mucho tiempo, un mundo frío, quizá una antesala de la muerte. Los lagos, incluso la costa, son también lugares donde se escenifica el sacrificio propiciatorio a los dioses.

El río como frontera entre este mundo y el otro
Siete serpientes formaban el huevo, o piedra de la culebra, según la leyenda recogida por Plinio en su Historia Naturalis, en la cabeza de una de ellas. Una piedra con poderes mágicos y curativos que se llamaba el cristal de los druidas. El ritual seguido para hacerse con ella indicaba que hasta que no se cruzara el cauce de un río, las serpientes no dejarían de perseguir a quien se hiciera con ella. Una tradición que tenemos la suerte de tener recogida en el noroeste de la Península Ibérica hasta hace algunos años.

El río que transitan los personajes de la diadema astur de Moñes es ese mismo lugar. Jinetes (la clase más elevada de guerreros) transitan un cauce donde nada el salmón (la sabiduría) y el ave acuática (¿una garza?, ave en la que se transformaban princesas de los sidhe irlandeses) pesca entre las patas de sus caballos.

El teónimo femenino Navia aparece tanto en la epigrafía como en la toponimia tanto en la Galicia actual como en Asturias. El hidrónimo hace referencia a una deidad psicopompa, Navia lleva a los muertos en su barca hasta la otra orilla.

Cuando Cuchulain ve morir a su hermano, no puede hacer nada para evitar que se suba a la barca de la hechicera que le lleva al más allá.  Eoghan Mor, el rey de Munster que se casó con una princesa española, abandona la isla tras la batalla de Cloch Baraige ayudado por el hada Eadaoin, quien se lo lleva a su isla a su cuidado nueve días. De allí cruza a Brigantium. El mismo Arturo cruza a Tir Na n’Og (Avalon) en una barca acompañado de Nimue (Yo estuve en las orillas del lago donde dicen que está sumergido su palacio de cristal), Igraine y Elaine (¿una triple diosa?), en otras leyendas es sólo Morgana la que le acompaña. Parece evidente que nos encontramos con el mismo mito en la frontera entre astures y galaicos.

Navia ha sido considerada una diosa pre-celta que mantuvo su culto durante la celtización del noroeste. Le etimología de su nombre sugiere que era una diosa de los valles, quizá asociada al cauce fluvial que discurre por la práctica totalidad de los mismos. Una diosa de la fertilidad del valle, pero también del mundo de ultratumba. No es extraño.

Tenemos que abandonar el modelo judeo-cristiano de pensamiento religioso, y pensar en un culto a deidades polifuncionales de las que sabemos muy poco.

Las fuentes epigráficas sobre Navia son abundantes desde el suroeste de la península ibérica hasta las orillas de las costas gallegas. En Navia (Asturias) se celebra en agosto la festividad de la Virgen de la Barca. No parece descabellado ver una cristianización de un culto pagano en esta festividad. La misma fiesta se celebra en otros lugares como Muxía, o Baiona en Septiembre (en torno al 8). Ese mismo  día se celebra Covadonga, en Asturias.

En el santuario de esta virgen, que es la de mayor veneración en toda Asturias, cae un torrente de agua. El pequeño arroyo que lo alimenta es el Deva. Se especula, por lo recogido en las fuentes escritas, y la toponimia, con que el lugar fuera ya en tiempos protohistóricos, un santuario dedicado a la diosa. Y es que Deva significa simplemente eso, Diosa. Probablemente el viejo culto protocéltico de la Gran Madre. En este caso un claro ejemplo de prolongación en el tiempo de un culto religioso, “vestido” con distintos ropajes según la época. Pocos investigadores dudan del culto a la diosa en Asturies.

En la costa asturiana está el islote de la Deva, con su leyenda sobre el nacimiento de los pixuetos (marineros) de Cudillero, y también en el Monte Deva, en Gijón, encontramos unas famosas fuentes así como una necrópolis tumular con dataciones del 3000 a.C.

Deva aparece en la Galia como Divona, Deuona que en galo significa “divina”. Ausonio nos habla del culto romano a una deidad de las fuentes que era venerada por las aguas curativas, y añade que en lengua celta es Divona (Divona Celtarum Lingua). A esa diosa la aclama utilizando la palabra “salve”, como “salve Regina” en el siglo IV. A Divona se le ofrecían exvotos. Me pregunto si las monedas que arrojamos al gran estanque de la fuente de Covadonga siguen prestando el mismo servicio que las ofrendas de hace 2000 años.

Fuera del ámbito atlántico, pero dentro del peninsular, nos encontramos con el santuario de la cueva de la Griega, en Pedraza (Segovia), en pleno territorio celtibero. Allí aparece un epigrama dedicado a Deva y otros dioses. Se ha datado entre el siglo I y V d.C. lo que nos habla de la pervivencia de esta figura en el tiempo.

Pervivencia del culto a las deidades del agua
Martín de Braga escribe en el siglo VI d.C. “Unos adoraban al sol, a la luna o a las estrellas; unos al fuego, otros al agua del profundo, o a las fuentes de las aguas, creyendo que todas estas cosas no habían sido hechas por Dios para uso de los hombres, sino que habían nacido de si mismas”. Se refería a los dioses paganos que habían sido adorados antes de la llegada del cristianismo, pero estaba hablando también de las costumbres del mundo rural de su tiempo. Así por ejemplo, condena a los que invocan sobre las hierbas, a los que adoran a ciertas piedras y a los que tiran pan al agua como símbolo de la fertilidad. También a los que ponen velas en ciertos árboles que se consideran sagrados porque estaban habitados por espíritus buenos.

Es evidente que el cristianismo estaba lejos de ser la religión dominante en el noroeste de la Península Ibérica en su tiempo, y no es descabellado suponer que entre los astures, más aislados que los galaicos de ese tiempo, el nuevo culto no hubiera estado impuesto todavía.

A principios de la Edad Media lo vemos en los momentos previos a la declaración de Pelayo como Princeps, y me atrevo a pensar que su enterramiento en una capilla sobre un dolmen (Santa Cruz), no hace más que reforzar el papel de rey de unas tribus, aún mayoritariamente paganas, en un acto de reivindicación de una herencia ancestral respecto a las élites que dominaron el territorio.

Es en este contexto donde probablemente las leyendas de xanas, mouras,  reciban la forma actual que conocemos, perpetuadas en un mundo rural que es reacio a desprenderse de sus costumbres ancestrales, acomodándolas a la religión impuesta desde las clases superiores. Y es que, en mi opinión, el cristianismo comienza a expandirse desde las ciudades y empezando por las clases altas, pero hasta que no es declarada religión oficial del Imperio no alcanza la importancia definitiva que la proyecta por la vieja Europa de raíces celtas. En el Noroeste sucede lo mismo, y son los reyes, los nobles y los monjes los que la divulgan entre el pueblo, que sigue creyendo en sus viejos cultos, que no han dejado de servirles fielmente dentro del contexto de una sociedad agrícola que no había cambiado, en lo esencial, desde el mundo prerromano.

BIBLIOGRAFÍA

“El nombre de la diosa lusitana Nabia y el problema del betacismo en las lenguas indígenas del Occidente Peninsular”. Blanca M. Prósper. Ilu. Revista de ciencias de las religiones N.º 2. pgs:141-149. 1997

Ausonio, Ordo nobilium urbium 20.30–31

Expresiones religiosas en las ciudades del poder de la Hispania Céltica: el caso de Clunia Silvia Alfayé Villa Revista de Historiografía 25, 2016, pp. 355-383.

De correctione rusticorum, Martin de Braga

 

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