La tarasca en una postal de costumbres de la Provenza, siglo XIX
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Nos vamos al siglo XIII. Jacobo de la Vorágine escribe su famosa Legenda aurea (Leyenda Dorada) donde cuenta la vida y milagros de varios mártires y santos cristianos. Cuando habla de Santa Marta, la hermana de María Magdalena recoge una leyenda local de la Provenza en el sur de Francia.

La leyenda de la Tarasca

Cuenta la historia que en ese lugar existía un asentamiento entre Arlés y Avignon, llamado Nerluc, algo así como El lugar oscuro, a orillas del Ródano. En los frondosos bosques de los  alrededores vivía una bestia que devoraba hombres y hundía los botes que surcaban el río. Por aquel entonces los habitantes de la ciudad eran aún paganos.

La apariencia de la bestia, que llamaban Tarasca, no podía ser más aterradora.

Dice el cronista:

“Un enorme dragón, mitad animal, mitad pez. Más gordo que un toro, más largo que un caballo, tenía la cara y la cabeza de un león, los dientes afilados como espadas, la crin de un caballo, el lomo afilado como un hacha con escamas erizadas y afiladas como barrenas, la cola de una serpiente, seis pies con garras de oso y un doble caparazón, como el de una tortuga, a cada lado”.

Incluso nos aporta un dato más. Nos dice que la Tarasca provenía de Galacia y que era un cruce entre el leviatán del Apocalipsis (el dragón de siete cabezas), y el bonnacon, o bonacho, una criatura mitológica que había descrito Plinio en su Historia Naturalis, con forma de toro con cuernos vueltos y crines, y que tuvo mucho éxito en las representaciones de los bestiarios medievales.

Demos otro salto, esta vez hasta la costa del Mediterráneo oriental. La tradición cuenta que los jóvenes Lázaro, Marta, María Magdalena, Máximo y Marcela, (la criada de Marta), después de la muerte de Cristo, fueron presos por los judíos, que los pusieron en un barco sin remos, velas ni timón para que perecieran en el mar, y milagrosamente arribaron a Marsella, a Santa María del Mar, cerca de Arlés, en donde empezaron a predicar el santo Evangelio, y fue San Máximo primer obispo de aquella ciudad.

A Nerluc llegaron los rumores de los milagros que estaban haciendo los predicadores cristianos, asi que dirigiéndose a casa del obispo Máximo pidieron ayuda. Marta pidió permiso a sus hermanos y se dirigió a enfrentarse con el monstruo.

Cuando llegó a la ciudad (ahora es Alejandro Dumas quien nos da detalles sobre la historia), los lugareños se quedaron un poco decepcionados ya que esperaban ver llegar a un nutrido ejército, y en su lugar tan sólo vieron a una niña.

Sin embargo ella les pidió que le dijeran donde estaba la bestia y se adentró en el bosque en su búsqueda. Los soldados oyeron grandes estruendos entre los árboles y se abstuvieron de dar un paso en busca de la pequeña a la que ya daban por muerta. Imaginaros la sorpresa cuando la vieron aparecer con una cruz en una mano y con el monstruo atado dócilmente tras de si a una cinta que había quitado de su vestido en la otra.

La historia acaba mal para la Tarasca. Parece que Marta dejó a la bestia al cuidado de los habitantes de la ciudad, que no podían resistir el miedo que les provocaba la (ya mansa) bestia, así que al amanecer del día siguiente la sacrificaron sin que ella opusiera ninguna resistencia.

Cuando la niña volvió al pueblo les reprendió por su mala acción y comenzó a predicar entre ellos el cristianismo. Desde entonces se venera a Santa Marta como patrona de la ciudad que pasó a llamarse Tarascón en homenaje a la horrible criatura.

Como es habitual en las leyendas sobre monstruos locales, se han propuesto diversas interpretaciones y racionalizaciones, tanto por parte de los informantes orales como de los autores. ¿Se mató allí alguna vez un animal exótico real, por ejemplo un cocodrilo?. Se especulaba con la posibilidad de que fuera un cocodrilo marino similar a uno cazado en el Rodano, que pudo llegar desde el norte de África. En otras ocasiones se ha propuesto que simbolizaba las periódicas inundaciones del propio río, que cuenta con olas tidales de marea que provocan anegadas considerables. También se ha propuesto que es una representación de la derrota del druidismo por el cristianismo, teoría muy recurrente.

Quizá lo correcto es considerar esta historia como parte de un mito pagano que se ha infiltrado en la cultura cristiana de este tiempo y dentro del conjunto de historias similares de dragones que son vencidos por la religión católica o por la astucia.

Leyendas similares en toda Europa

Y es que las leyendas de Santa Marta y la Tarasca se esparcieron por Europa adaptándose a las diferentes localidades donde se contaban. Por ejemplo en Cáceres existe el molino de la Tarasca, en la que el monstruo se refugia en ese lugar antiguo de quienes le atacan. En Toledo, Zamora, Granada, Valencia… lugares alejados entre sí, encontramos esta misma historia o muy parecida. Como digo, todo apunta al origen galo de la leyenda que tratamos.

Cucafera de Tarragona. Foto Wiki Commons
Cucafera de Tarragona. Foto Wiki Commons

Con ligeras variaciones encontramos leyendas en Galicia, como la de la coca de Redondela, o la de Santa Marta de Ortigueira que aunque relacionadas, presentan diferencias fundamentales con la del sur de Francia.

La Tarasca y el Corpus Christi

El Corpus Christi es una festividad introducida en el calendario cristiano en el siglo XIII. Se venera el cuerpo y la sangre de Cristo. En ella se representa el triunfo de la luz sobre las criaturas de la oscuridad y el pecado. Os podéis imaginar qué lugar ocupa la tarasca en este evento.

Tradicionalmente se trataba de unas representaciones que se celebraron entre los siglos XIV al XVIII, de carácter profano, en el que se montaba algarabía y fiesta, de tal forma que la Iglesia acabó prohibiéndolas debido a los tumultos que se organizaban y que “desvirtuaban” la fiesta religiosa por la que tenían lugar.

La tarasca, el monstruo celta que el cristianismo incorporó al Corpus Christi
Tarasca en Toledo. Foto ABC

En algunas de esas procesiones sale la tarasca, acompañada de gigantes que representan el mal, o el pecado. La forma de representar a la bestia da para otro artículo, pero baste decir que se trata de muñecos articulados, con una cola móvil y mandíbulas batientes por las que se hacía salir fuego movida por grupos de jóvenes, o caballeros que se metían en su interior.

Ha pervivido en bastantes lugares, aunque se han perdido los grandes ingenios que se hacían en época barroca. Por ejemplo en Madrid en el siglo XVII llegaron a hacerse desfiles con tarascas enormes en las que se representaban escenas teatrales sobre ellas. Es evidente que ya habían perdido cualquier significado parecido al original.

La tarasca, el monstruo celta que el cristianismo incorporó al Corpus Christi
Tarasca para la procesión del Corpus de 1749. Imagen, memoriademadrid.com

Como tantas tradiciones celtas, la historia pasa a América, esta vez a través del filtro español, donde la encontramos en Cuba, y en el continente en México sobre todo. La bestia aparece montada por una doncella.

Sucede que en el Caribe se produce un sincretismo de esta historia con el vudú en una peculiar mezcla de tradiciones celtas, católicas y africanas.

Por cierto, en 2005,  la UNESCO declaró esta tradición como “parte de la herencia oral e inmaterial de la humanidad”.

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