Gallizenae: Las druidesas de la isla de Sein, en Bretaña

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Redacción
Céltica es una revista atlántica, con vocación de conocer y dar a conocer la cultura celta de la fachada oeste de Europa en el público hispano hablante. Mi nombre es Fon y soy estudiante del Grado de Historia en la Universidad de Oviedo / Uviéu. Gracias por leerme.
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Tiempo de lectura: 2 minutosQuería llegar a la Pointe du Raz en Bretaña. Cuando lo hice me di cuenta de que debió ser un lugar que impresionó a los romanos tanto como habría impresionado a los propios galos. Los Osismii que poblaron aquellas tierras, notaron el inmenso poder del mar celta que se extiende frente al cabo, como un escenario gigantesco donde el sol muere a diario.

Al mirar hacia mar abierto se ve perfectamente el faro de la Vieille, y más allá, en la distancia, la isla de Sein (Enez Sun en bretón)

La isla tiene su propia leyenda particular. Los autores clásicos, Artemidoro y Estrabón ya dijeron que la isla estaba prohibida a los hombres. Allí solo podían pisar mujeres. Se creía que albergaba un santuario, con su propio “convento” de sacerdotisas (druidas). Nueve mujeres vírgenes que practicaban el culto. Eran las Gallisenae o Gallizenae.

“Sena, en el Mar Británico, frente a la costa de Osismi, es famosa por su oráculo de un dios galo, cuyas sacerdotisas, viviendo en la santidad de la virginidad perpetua, se dice que son nueve en número. Las llaman Gallizenae, y creen que están dotadas de dones extraordinarios para despertar el mar y el viento con sus encantamientos, para convertirse en cualquier forma animal que elijan, para curar enfermedades que entre otras son incurables, para saber lo que va a venir y para predecirlo. Sin embargo, sólo se dedican al servicio de los viajeros que no han hecho otra cosa que consultarles”.
Pomponio Mela

Estrabón (Geografia IV, 4) transmitió informes de los escritos perdidos de Posidonio sobre una isla gala de mujeres en la desembocadura del río Loira, en la tierra de los Namnetes. Sus extáticas sacerdotisas (“Gallicenae”) celebraban allí los misterios religiosos. No se permitían hombres en esta estrecha isla. Las mujeres con marido podían ir a visitarlos en el continente en noches señaladas, siempre regresando antes de que brillara la estrella de la mañana. Cada año tenían que derribar su templo y reconstruirlo y cubrirlo con paja entre la salida y la puesta del sol.

La isla tiene fama en la mitología local de ser un imán para los naufragios. La llegada del cristianismo transformó a estas sacerdotisas, cuya ocupación según las fuentes antiguas era la contraria, en malvadas brujas que atraían a los barcos contra las escarpadas costas de un litoral difícil.

 

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