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Pese a lo que puede parecer en un principio, en Historia los conceptos son sometidos a revisión, no diría que continuamente, pero sí con frecuencia. Es el caso de la cultura celta como concepto general.

Los comienzos del estudio de lo celta están estrechamente ligados a la concepción centroeuropea y supremacista (racista) que impulsó el academicismo francés y alemán en los siglos XVIII y XIX. Hoy en día está superado, al menos por la mayoría del mundo académico contemporáneo que se mantiene en un lugar intermedio entre esta idea, como digo, ya desfasada, y la nueva tendencia impulsada desde el ámbito atlántico que defiende un origen del mundo celta en las costas occidentales europeas, por cierto, algo que no es tan nuevo como os contaré más adelante. Son dos teorías contrapuestas que pasamos a analizar a grandes rasgos a continuación.

La primera versión. La cultura celta nace en centro Europa y se expande en oleadas

Os suena ¿Hallstatt? y ¿La Tène?. Vale, estamos en esa etapa. La historia de la cultura celta se define a partir del siglo XIX en base a descubrimientos arqueológicos de gran importancia. En el complejo minero de Hallstatt aparecen más de 2000 tumbas de una sociedad que al menos en sus primeras fases pertenece a la edad del Bronce, y en su segunda mitad ya se considera como la precursora del mundo celta posterior, dentro de la Edad del Hierro.

Del origen centroeuropeo de la cultura celta a la cuna atlántica
Hallstatt y La Tène. fuente Europedia

Y es que el mundo celta se asocia en esta etapa a la Edad del Hierro. Una élite que surge de los intercambios comerciales entre el norte y el mundo mediterráneo, que recibe un buen número de influencias culturales que dan lugar hacia el siglo VIII a.C. una sociedad de príncipes que son enterrados en grandes tumbas monumentales (Hochdorf, etc).

Siguen los manuales de Prehistoria el relato clásico diciendo que después de Hallstatt llegó el arte de La Tène. A orillas de ese lago se descubre un yacimiento arqueológico compuesto también de tumbas y ofrendas rituales en el que hay unos objetos de una calidad artística excepcional. En él ya encontramos a los celtas que conocemos a través de las fuentes clásicas. Se ubican en las cabeceras de los grandes ríos y comercian fluidamente con el mundo griego (La tumba de la dama de Vix se ubicaría en el tránsito entre Hallstatt y la Tène).

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Crátera de Vix. AKG. Visto en Nationalgeographic.es

En el siglo IV a.C. se dan una serie de circunstancias que provocan migraciones que exportan esa cultura por toda Europa y conforman la Céltica clásica, aquella que llega desde Galacia en Turquía a los celtas de Iberia, además de llegar a las Islas Británicas…

La teoría se mantiene a lo largo de casi dos siglos evolucionando y rehaciendose, e incluso ajustandose a los nuevos descubrimientos arqueológicos hasta la primera mitad del siglo XX, pero hoy en día ya no es aceptada en su totalidad. Ojo, no quiere decir que no sea válida, sino que hay que matizarla.

El cambio de paradigma. La nueva teoría de la Céltica

Precisamente el desarrollo de la Arqueología empezó a formular una serie de preguntas incómodas a las que la vieja teoría no podía responder. Por ejemplo, las grandes migraciones, aceptadas durante los dos últimos siglos empiezan a ponerse en entredicho.

Las investigaciones en yacimientos celtas prueban que el componente humano, es decir, la huella genética, apenas registra cambios en los siglos en los que debería haberse detectado un cambio en los genes de los habitantes de los territorios a los que llegaban las invasiones celtas.

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Haplogrupo R1b del cromosoma Y. Considerado propio de los europeos occidentales, se da sobre todo en poblaciones del atlántico europeo. Se introdujo en Europa hacia el 2500 a.C.

Por tanto, no hubo migraciones en masa, al menos no en la cantidad necesaria para provocar cambios en las poblaciones conquistadas, salvo en algunos casos puntuales, como las migraciones que dieron lugar a Galacia, y los movimientos de tribus atestiguados por los latinos y griegos con los saqueos de Roma y Delfos o con movimientos de familias de guerreros galos hacia Hispania en época romana.

Pero no sólo eso, en el occidente de Europa, es decir, aquellos territorios que el celtismo había considerado los que habían conservado con pureza los restos de la antigua raza celta son estudiados a fondo y se llega a la conclusión de que están más emparentados con los habitantes de la Península Ibérica que con centro Europa, es decir, no hubo tales invasiones sino que en la actualidad se formula un nuevo proceso llamado de difusión.

Una celticidad más amplia

Otra de las grietas de la vieja teoría es que no hay un sólo concepto de celticidad. Algo era considerado celta si era Lateniense, sin embargo culturas como la celtíbera no presentan rasgos latenienses en la misma medida que los galos, con los que se les emparenta.

En la actualidad se considera que la Céltica antigua no sólo tenía un área principal y varias derivadas sino que cada una de ellas, surgiendo de un sustrato común presenta características distintas. Estas áreas son la hispana, la insular, la centroeuropea, la de la Península Itálica y la de los Gálatas de Anatolia.

Cada una de ellas, a pesar como digo, de tener orígenes y lazos culturales presenta una evolución diferente que puede ser considerada celta sin cumplir todos los requisitos que se presuponen a la época lateniense.

La religión tampoco tiene por qué ser unívoca. El celtismo identificaba druida con celta, y esa relación es cierta pero no única. Puede haber celtas y no haber druidas. No tenemos constancia de ellos nada más que en Britania y en la Galia. Posteriormente la literatura celta irlandesa nos los hace ver en la isla, por lo que entendemos que puede ser un proceso insular que se extendió a la Galia. El propio Julio César nos cuenta en los Comentarios a la Guerra de las Galias que los druidas continentales iban a estudiar a Britania.

Ni en la Península Ibérica ni en Galacia, ni en la Galia Cisalpina ni entre los druidas de los Balcanes encontramos druidas. ¿No los hubo?. Sería extraño que César no nos hubiera hablado de ellos en Hispania si los hubiera. Sin embargo sabemos que hubo vates entre los celtíberos, e incluso entre los astures en la tardoantigüedad.

Sin embargo tenemos una serie de dioses que aparecen por todo el contiente, algunos podemos considerarlos como pertenecientes a las sociedades indoeuropeas pre-celtas del oeste europeo, pero otras son netamente celtas y están extendidas por todo el territorio.

La difícil cuestión de la lengua.

Quizá es uno de los cambios más importantes del viejo paradigma, y en el que se sustenta la nueva concepción de la Céltica. Se suponía que la lengua y la cultura viajaron con los celtas a medida que se expandían desde su hogar ancestral centroeuropeo, y lo cierto es que ahora se apunta a lo contrario.

La lengua proto-celta surge, según autores como John T. Koch en el extremo occidente europeo.  Las referencias más antiguas de una lengua celta, siempre según estos autores, las encontramos en el sur de Portugal, entre la tribu de los Cinetes. La estela de Lagos habla de un Nerio, un noble de los Galtia.

Del origen centroeuropeo de la cultura celta a la cuna atlántica
Estela tartésica descubiera en Lagos. Foto Wiki Commons

“Invocando a los Lugos del pueblo Neri (niir), en conmemoración a un Noble de los Kaaltee/Galtia: él descansa por siempre ahí dentro. Invocación a todos los héroes. La tumba de Taśiionos lo ha recibido” (traducción de la lectura de John T. Koch)”

Esta inscripción pertenece a la cultura tartésica, y es la más amplia conservada hasta el momento. Está fechada en el siglo V a.C.

La traducción tendría sentido ya que sabemos que los nerios junto con otros pueblos emprendieron una migración hacia el noroeste de Iberia seguramente hacia el siglo II a.C. y casi con total seguridad ante los acontecimientos bélicos que movieron a tribus por los ataques romanos y cartagineses.

Las lenguas célticas de la Península Ibérica además son más antiguas que el céltico continental, parece que la lengua llega por un lado y la cultura artística por otro.

La teoría de la Europa celta Atlántica

Koch formula la hipótesis de que sobre un sustrato de gentes indoeuropeas se desarrolló una cultura hacia el Bronce Final en el ámbito atlántico, en el cual surge la primera y más antigua lengua celta. Los textos tartésicos no pueden ser consecuencia del mundo de La Tène que todavía no se había desarrollado, y sin embargo contiene las formas que luego se repiten entre los celtas del resto del continente.

Por ejemplo, una de las referencias más antiguas que tenemos es el rey tartésico Argantonios, cuyo nombre contiene una raiz celta arg- relacionada con la plata.

Esta cultura del Bronce, que está documentada en toda la fachada atlántica europea, es la de los Finisterres. Los fenicios la conocieron cuando navegaron cruzando más allá de las Columnas de Hércules en busca de metales. Curiosamente en este ámbito geográfico es donde se han mantenido las tradiciones celtas en los países de la Europa actual.

Entre estas costas, como ya hemos dicho, había relaciones comerciales que llegaban al sur de la Península y de las que Tartesos sin duda participó. En ellas surgió una lengua, el proto céltico, que quizá fue una lengua franca entre estas zonas de ámbito de influencia atlántica.

Tendemos a pensar, influenciados por el celtismo y el germanismo alemán y francés que la cultura se expandió de centro Europa a las costas atlánticas y ahora nos dicen que es al revés. Lo cierto es que en el momento en que se formula la primera teoría sobre los celtas el desconocimiento de las relaciones comerciales durante la Edad del Bronce es casi absoluto en comparación con la actualidad.

Una céltica mayor y más antigua

La visión actual que tenemos sobre el mundo celta es más amplia y de una antigüedad mayor a la supuesta hasta ahora. Se establece el comienzo de esta cultura en un contexto del intercambio comercial de las costas atlánticas europeas, probablemente en los finisterres atlánticos y sus inmediaciones, donde florecen por un lado el destino comercial británico como proveedor de estaño, y el mundo Tartésico en el suroeste de la Península ibérica donde florece un reino que atrajo el interés de los fenicios y los griegos.

A finales de la Edad del Bronce suceden cambios que nos dejan indicios que nos hablan de la decadencia de la parte suroccidental del comercio atlántico y se produce una intensificación de las relaciones comerciales y culturales entre el occidente atlántico insular y centro Europa cuando llegan las influencias, más que las invasiones, de gentes del contienente a las islas, sobre todo a la futura Britania.

En resumen, se plantea un escenario mucho más complejo.

En el occidente de los finisterres europeos florece una cultura del bronce que plantea una serie de vestigios que nos permiten asegurar que hubo estrechas relaciones comerciales y humanas entre los pueblos que la componen. En ese contexto se desarrolla una lengua que podemos considerar proto-celtica y que sienta las bases de una céltica antigua en el atlántico.

Koch defiende la idea de que las lenguas celtas se originaron como una rama de las lenguas indoeuropeas no en Europa del Este, desde donde irradiaban hacia el oeste, sino que surgieron en Iberia (la moderna España y Portugal) entre los celtíberos y pueblos vecinos como una combinación de lenguas paleohispánicas protoindoeuropeas y nativas no indoeuropeas (relacionadas con el vascuence), con cierta influencia fenicia.

Desde allí (en este escenario) se extendieron hacia el este hasta lo que más tarde fue la Galia (la moderna Francia, Alemania y sus alrededores), donde las primeras formas de las lenguas itálicas y germánicas ya se habrían desarrollado independientemente de las protoindoeuropeas. Esta idea desarrollada en los tres volúmenes de Celts from the west (2012-2016), como os digo, no está aceptada por gran parte del mundo académico, pero está promoviendo nuevas visiones de cómo se desarrolló el mundo celta, uno que podemos considerar netamente europeo y que forma parte de nuestra tradición cultural, pero que ha sido relegada a un segundo o tercer plano respecto a las culturas clásicas mediterráneas en el mundo académico. Algo está cambiando.

Adenda y corrección.
Desde que escribí este post hace ya unos meses, he tenido la oportunidad de comprobar que varios años ante de Kotch ya había escrito sobre el origen ibérico de la lengua celta un autor español por el que tengo especial predilección. Ramón Sainero ya había hablado de esta cuestión en obras como  La huella celta en España e Irlanda, Ed. Akal (1987), El libro de la invasiones, Ed. Akal (1988), Lenguas y literaturas celtas, Ed. UNED (1994), Los orígenes celtas del reino de Brigantia, Ed. Abada (2009). The Celts and the Hisorical and Cultural Origins of Atlantic Europe, Ed. Academica Press (Dublin-Palo Alto), 2013, La lengua celta en la península ibérica, Ed. Abada  (2018).

Sirva esta corrección para resarcir el error que cometí al escribir la primera versión.