Amagüestu, 1920. Foto del Museu del Pueblu d'Asturies
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Una de las cosas que más me gusta de Céltica es la posibilidad de comprender, a un nivel más profundo, el verdadero significado de las tradiciones que celebramos en el occidente atlántico. Precisamente se aproxima una de las más importantes, sino la que más importancia tiene, en el viejo calendario celta.

El final de la cosecha

Hace unos días leí que los nombres de los meses de  septiembre y octubre, en gaélico (meán fómhair y deireadh fómhair, respectivamente) significan mitad de la cosecha y final de la cosecha. No es extraño que fuera de la nomenclatura que hemos heredado de Roma las fracciones en las que se divide el año conserven el nombre de las actividades agrícolas y ganaderas correspondientes a cada periodo.

Sin embargo, al final (o principio) de esos periodos, los celtas marcaron en el calendario una serie de días especiales. Ya los conocéis, Imbolc, Beltaine, Lugnasad y Samhain.

Samhain (hace unos años comencé a oir en España Samaín y ahora se está extendiendo cada año más), era el día más especial de estos cuatro, porque marca el final y el principio del año. Es el año nuevo celta, y es evidente que su significado tenía una trascendencia especial.

La iglesia se encargó de cristianizar estas fechas del calendario agrícola, superponiendo capas de culto y celebraciones religiosas sobre ellas. Es precisamente nuestra nueche de ánimes, que precede al día de Todos los Santos, la que mantiene la referencia a un culto pre-cristiano a la muerte y la relación entre el inframundo y el mundo de los vivos.

En la Céltica  Samhain era el día (mejor dicho, la noche) en la que el velo que separa a los vivos de los muertos se desvanecía, dejando que se transitara libremente entre los dos mundos. También era el nombre con el que se conocía al primer mes del año, y el primero del invierno. En la tradición celta el calendario, como los días comienzan al caer la noche, y en samhain comenzaba el periodo oscuro del año que pervive hasta Beltaine (Mayo) cuando la naturaleza estalla en color y vitalidad.

Es evidente que en la Península Ibérica hemos perdido los nombres pre-latinos de estos periodos, aunque si rastreamos un poco en las tradiciones podemos encontrar aún ciertas costumbres que hacen referencia a ellos como la consabida de prender velas dentro de nabos en los caminos y cruces en la noche previa al día de difuntos, en cierta manera comparable a la costumbre de las calabazas de Halloween importada de los Estados Unidos y que no voy a volver a comentar aquí.

Costumbres asturianas (y de Galicia, León y Portugal)

Hay varias costumbres y cierta iconografía que marca este momento del año, en un sentido, del todo parecido al de otros lugares del occidente de Europa. Es una celebración de los muertos, y como tal se ha expandido por todo el mundo.

-Aguinaldo

Entre las de la nueche de ánimes, en Asturias está la de los niños saliendo a pedir a las casas una especie de aguinaldo en forma de alimentos. No es raro, quizá marca el primero de los aguinaldos de invierno, en el que esta misma costumbre se repite en otras fechas señaladas del periodo oscuro del año. Por cierto, nada de truco o trato.

Al anochecer de la víspera de Todos los santos se celebraba un amagüestu, es decir, asar castañas al fuego de la hoguera que se prendía ese día para ello. Se contaba que los chillidos que hacen las castañas al asarse son los de las ánimas. Si una explotaba era que salía del Purgatorio. Al final se entierran unas pocas, para dejárselas a los difuntos.

-Banquete de difuntos

El banquete era para los vivos, pero también se tenía en mente a los muertos, dejando alimentos, o bien en las tumbas o bien en las casas para los que ya no están. Si lo piensas bien, poner un plato de más en la mesa para los que ya no viven entre nosotros, es una bonita manera de tenerlos presentes. Pérez Placer, en el siglo XIX cuenta como en tierras gallegas se dejaba un plato en la mesa para los difuntos esa noche.

Antes iban más allá. En el siglo XVI también en la vecina Galicia, la Iglesia menciona la costumbre de comer dentro de las iglesias, usando los altares como lugar donde posar los platos y otros enseres. También en Asturias se perseguía por parte del clero las celebraciones de banquetes y otros festejos esa noche.

Tras la cena se hace la ronda de difuntos, o de ánimas benditas renzando por ellas. La familia se reunía en torno al llar, y se creía que los difuntos se sentaban junto a ellos, por lo que era necesario que el fuego no fuera muy fuerte, porque los molestaría, e incluso se retiraban las trébedes para que no se sentaran en ellas y se quemaran.

-El fuego

El fuego está presente esa noche, además de en hogueras, en forma de velas, o lamparitas. Existía la costumbre, aparte de los nabos vaciados (vaya, al final lo he dicho) de encender pequeñas luminarias de aceite, una por cada fallecido de la casa. La creencia era que la primera que se apagara era la que salía del Purgatorio

-Cuidado con la Güestia

En realidad todo responde a la idea de que esa noche, al igual que en Irlanda y en el resto de la Céltica, la barrera entre los vivos y los muertos se diluye.

Tanto era así, que se constata la costumbre de no pescar esa noche entre los marineros asturianos, porque temían recoger las redes llenas de huesos de los difuntos.

«Antiguamente los pescadores de Cudillero no salían a la mar la noche de todos los Santos ni la del día de la Encarnación. Pero una vez, la noche de todos los Santos, salieron dos lanchas a la pesca y al pasar frente a la concha de Artedo, vieron que, sobre el agua, casi a orilla de tierra, ardían muchas luces. Los marineros enfilaron las proas de sus lanchas hacia aquellas luminarias y rema que rema, porque allí las olas rompían con mucha fuerza, llegaron allá y vieron llenos de miedo, que las luces eran producidas por huesos que había puesto allí la Güestia». (Aurelio de LLano, 1912)

Y es que la Güestia campa esa noche por los caminos. (pero no sólo esa noche como erróneamente se cree. La Güestia se aparece cuando alguien va a morir). Se trata de una procesión de difuntos portando cirios. Esta tradición estaba muy vigente en el mundo rural asturiano a principios del siglo pasado, como documentó Aurelio de Llano. Eran almas en pena buscando a quien anduviera por los caminos esa noche. Si le entregaban uno de los cirios, al llegar a casa descubría que era un hueso, y a la noche siguiente se le veía caminando entre ellos.

Repetían una letanía, del tipo de

Cuando nós éramos vivos
andábamos a estos figos,
y ahora que somos muertos
andamos por éstos huertos.
¡ Andar, andar,
hasta el tueru de la figar!!!

Pero lo que siempre queda en la memoria es la rima siguiente:

Andai de día, que la nueche ye mía

Posiblemente en la pervivencia de las almas, y con esto cierro este post, encontramos un gran número de similitudes e incluso creencias más profundas, como la transmigración de las almas en animales, escondida en nuestra mitología asturiana, pero eso es material para otro artículo.

En realidad, estas líneas son para recordar que no necesitamos importar tradiciones extranjeras, por mucha afinidad que sintamos con nuestros vecinos del arco atlántico, sino que sería más provechoso indagar y revitalizar las nuestras. Si he colaborado mínimamente a ello ya me siento orgulloso.

Bibliografía

Álvarez Peña, A. (2001). Mitología Asturiana.
de Llano Roza, A. (1922) «Del folklore asturiano. Mitos, supersticiones, costumbres».
Cabal, C. (1925) Los dioses de la Muerte. La Mitología asturiana

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