Banquetes, fanfarronadas y decapitaciones: El juego del estatus entre los celtas irlandeses.

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Redacción
Céltica es una revista atlántica, con vocación de conocer y dar a conocer la cultura celta de la fachada oeste de Europa en el público hispano hablante. Mi nombre es Fon y soy estudiante del Grado de Historia en la Universidad de Oviedo / Uviéu. Gracias por leerme.
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Tiempo de lectura: 10 minutosOs presentamos un nuevo artículo de Cristobo de Milio Carrín que quizá pueda ser una especie de epílogo del fantástico trabajo que hizo en Cazadores de Cabezas y Duelos a Muerte: La Ideología Guerrera de los Antiguos Celtas. En esta ocasión nos vamos a Irlanda, al Tain. La narración épica por antonomasia de la literatura celta.

Banquetes, fanfarronadas y decapitaciones: El juego del estatus entre los celtas irlandeses.

En una epopeya llena de exageraciones disparatadas, quizás el episodio más desmesurado del Táin Bo Cuailnge sea la “Seisrech Bresligi”, la “Séxtuple Matanza” en la que Cúchulainn, campeón del Ulster, hijo del mismísimo Lugh, se enfrenta solo a los ejércitos de las cuatro provincias de Irlanda y les causa una atroz carnicería. No me detendré a describir la “deformación de furia”, por la que el héroe se transforma en un monstruo de fuerza sobrehumana, ni reproduciré aquí el pasaje en el que Cúchulainn derrapa su carro de guerra, levantando así un altísimo parapeto de tierra en el que encierra los ejércitos de Irlanda para impedirles la huída y proseguir la matanza. No: lo que me interesa es lo que sucede al día siguiente ante la montaña de cadáveres decapitados:

Cúchulainn salió a la mañana siguiente para ver los ejércitos y exhibir su noble y bella figura a las matronas y doncellas y a las niñas y poetas y bardos. Salió a exhibirse de día porque pensó que la forma sobrenatural en la que se había mostrado ante ellos la noche anterior no le hacía justicia.
(Kinsella 2002: 156)

De eso se trata: de pavonearse y de que los poetas puedan ser testigos y transmitir la gloria del héroe. Los siguientes párrafos describen los preparativos, las joyas, la ropa y el rostro de Cúchulainn con el mismo detalle con que antes describieron su violencia (“tenía cuatro hoyuelos en cada mejilla – amarillo, verde, carmesí y azul – y siete brillantes pupilas […] en cada regio ojo”). Y todo desemboca en un paroxismo de vanidad ante sus víctimas, subido en su carro de guerra, rodeando el ejército derrotado:

Llevaba en una mano nueve cabezas humanas y en la otra diez, y las agitó ante sus enemigos – la cosecha de una noche de guerra contra las cuatro provincias de Irlanda
(Kinsella 2002: 158)

Es la búsqueda de la fama lo que define a este personaje, verdadero arquetipo del héroe celta. Cuando tiene siete años, Cúchulainn oye al druida Cathbad profetizar que quien tome las armas en ese día alcanzará fama imperecedera pero tendrá una vida corta. “Es buen negocio”, dijo el niño. “Si alcanzo fama me basta, aunque solo tenga un día en la Tierra”. Dicho esto toma las armas, monta en el carro de guerra del rey Conchobar y parte a derrotar, en tres sucesivos combates singulares, a los tres hijos de Nechta Scéne: Foill, Fannall y Tuachell, los tres peores enemigos del Ulster. Cúchulainn lucha contra cada uno de ellos en el vado del río Scéne, los mata, los decapita y vuelve a la corte con las tres cabezas colgando del carro. Es llamativa la semejanza con el fragmento de Posidonio, citado por Estrabón, en el que el griego cuenta cómo los galos cortaban las cabezas de sus enemigos y las ataban al cuello del caballo, llevándolas a continuación a casa y colgándolas a la entrada.

Los textos heroicos de la Irlanda medieval, en particular los episodios del muy arcaizante Ciclo del Ulster, nos pintan una sociedad aristocrática en la que las hazañas guerreras y el valor individual son el supremo marcador de status, y donde los jóvenes nobles pelean incesantemente para determinar quién es el más fuerte. En una sociedad así, el aspirante a héroe debe perfeccionar el arte de la fanfarronería. No basta con matar al enemigo y cortarle la cabeza como prueba: hay que sacarle provecho a la victoria o no traerá honores ni recompensas. Hay que pregonarla y presumir públicamente de ella hasta que sea un hecho conocido por todos. Es algo así como declarar ante un juez, pero exactamente al revés: aquí el culpable está empeñado en que todos sepan que ha matado y ha robado. La pugna por el estatus se libra en dos lugares: el campo de batalla, donde se realizan las hazañas y se cobran los trofeos y la sala de banquetes, donde se comparan marcadores y se honra, ante los ojos de todos, al guerrero que ha merecido convertirse en el campeón de la tribu.

El Curadmír o Porción del Campeón era una vieja costumbre mencionada en la literatura irlandesa antigua, según la cual al guerrero reconocido como el más valeroso de los asistentes a un banquete se le otorgaba precedencia y se le concedía el corte de carne más preciado. Esto a menudo se disputaba con violencia. La costumbre aparece sobre todo en las leyendas del Ciclo del Ulster. Tiene paralelos en costumbres históricas de los antiguos celtas de la Europa continental, tal y como recogen los autores clásicos.
Wikipedia 

Como ya mencioné más arriba, existen semejanzas entre sociedad irlandesa, según la conocemos por las fuentes medievales, y la Galia de la Segunda Edad del Hierro, según los autores griegos y romanos. Antes hablé de la caza de cabezas; otro ejemplo sería la Porción del Campeón:

Ateneo, citando la obra perdida de Posidonio, historiador y geógrafo griego del siglo I-II AC, dice que antiguamente era la costumbre entre los celtas que el cuarto trasero del cerdo lo reclamase el hombre más valiente, y que las disputas sobre quién lo merecía se resolvían con duelos a muerte. Diodoro Sículo también dice que los celtas daban las mejores porciones de carne a los hombres más distinguidos […]
Wikipedia

Lo normal es que las fuentes clásicas anoten brevemente un rasgo llamativo de la sociedad celta que después hallaremos desarrollado en forma literaria en algún texto irlandés. Veamos, por ejemplo, la sucinta y prosaica descripción que nos dan los autores grecorromanos de los banquetes aristocráticos entre los antiguos galos:

Estrabón simplemente afirma que los galos son “amantes de las peleas” (Estrabón 4.4.6). Diodoro da un ejemplo específico. “Incluso durante una comida son proclives a aferrarse a cualquier asunto trivial como ocasión para encendidas disputas, y a continuación se desafían unos a otros en combate individual, sin preocupación por sus vidas” (Diod. Sic. 5.28.5) […] Diodoro afirma que pueden arriesgarse a tales combates a causa de su creencia en la metempsícosis (5.28.6)
(Riggsby 2006: 56)

Lo dicho: lo cuentan en pocas palabras y no le ven mucho sentido. Si nos vamos a la Irlanda medieval, en cambio, veremos la pasión con la que los propios celtas vivían estas disputas. Os presento Scél Mucci Mic Dathó, o “Historia del Cerdo de Mac Dathó”, anotada en el S XII. Curiosamente este relato se considera una parodia, una sátira de la épica irlandesa, pero precisamente por ser una exageración nos muestra con más claridad los valores y los comportamientos de la aristocracia guerrera.

Mac Dathó era un rey de Leinster, la provincia oriental, al que se consideraba “el posadero de Irlanda”, el generoso anfitrión. Poseía un perro maravilloso, Ailbe, que defendía toda la provincia y que era codiciado por los reyes del Ulster y de Connacht. Mac Dathó, enfrentado a un dilema que inevitablemente le enemistará con una de las dos poderosas provincias, decide prometer el perro a los dos reyes a la vez e invitarlos a un banquete en su posada: el plan es que Ulster y Connacht luchen entre sí y resuelvan el problema espontáneamente.

El banquete es ridículo en su desmesura: Mac Dathó sacrifica para la comilona un descomunal cerdo, criado a la leche de sesenta vacas durante siete años, y cuarenta bueyes “para acompañar”. Los del Ulster y los de Connacht, ocupando cada uno la mitad de la sala, están al borde de la lucha. La porción del campeón será la chispa que hará estallar la pelea:

“¿Cómo se repartirá el cerdo, Conchobar?” “¿Cómo, […] en el lugar donde se hallan los valientes héroes de los irlandeses, sino repartiendo según las acciones valerosas y los trofeos […]?”

Aquí comienza un “concurso” que se atiene a un procedimiento fijado: un guerrero reclama la porción del campeón en virtud de cierta hazaña hasta que un rival proclama otra hazaña mayor, momento en que el primero se sienta, admitiendo su derrota. En el banquete de Mac Dathó es Cet, campeón de Connacht, quien reclama el privilegio de repartir el cerdo ante ira de los ulates. Uno tras otro, los del Ulster tratan de arrebatarle el privilegio y uno tras otro se sientan humillados ante las bravatas de Cet hasta que Conall, el gran campeón, le desafía en duelo, exactamente igual que hacían los galos según Diodoro Sículo. Es una cita larga pero merece la pena, porque transmite la violencia de la época mucho mejor que cualquier cosa que yo pueda decir:

“Es intolerable”, dijo un héroe alto y pálido que se había levantado de su lugar, “que Cet reparta el cerdo en nuestra cara”. “¿A quién tenemos aquí?” preguntó Cet. “Este es mejor héroe que tú”, dijeron todos; “Es Oengus mac Láma Gábuid de Ulster”. “¿Por qué se llama tu padre Lam Gábuid?”, Preguntó Cet. “Bueno, ¿por qué?” “Yo lo sé”, dijo Cet. “Una vez fui hacia el este. La alarma se levantó a mi alrededor. Todos vinieron y Lam vino también. Me arrojó su gran lanza. Yo se la devolví, la misma lanza, y le arrancó la mano, de modo que quedó en el suelo. ¿Qué podría traer a su hijo para combatirme? Oengus se sentó.
“Que siga el concurso”, dijo Cet, “o dejadme que reparta el cerdo”. “Es intolerable que tengas prioridad al servir el cerdo”, dijo un héroe alto y pálido de Ulster. “¿A quién tenemos aquí?” preguntó Cet. “Ese es Eogan mac Durthacht”, dijeron todos. [Él es el rey de Fernmag.] “Lo he visto antes”, dijo Cet. “¿Dónde me has visto?” preguntó Eogan. “En la puerta de tu casa, cuando te arrebaté una vacada. La alarma se levantó a mi alrededor en el campo. Acudiste a los gritos. Me lanzaste una lanza, de modo que sobresalía de mi escudo”. . Te devolví la lanza de manera que te perforó la cabeza y te sacó el ojo. Es evidente para los hombres de Irlanda que tienes un solo ojo. Fui yo quien te sacó el otro ojo de la cabeza “. Así que el otro se sentó.

“Preparaos ahora, hombres del Ulster, para seguir el concurso”, dijo Cet. “No lo cortarás aún”, dijo Munremor mac Gergind. “¿No es ese Munremor?” preguntó Cet. “Soy el último hombre que limpió sus lanzas en Munremor”, dijo Cet. “Todavía no ha pasado un día entero (?) Desde que te arrebaté tres cabezas de héroes de tu tierra, y entre ellas la cabeza de tu hijo mayor”. Entonces el otro se sentó.

“¡Más concurso!” dijo Cet. “Eso tendrás”, dijo Mend mac Sálcholcán. “¿Quien es este?” preguntó Cet. “Mend”, dijeron todos. “¡Qué será lo siguiente!” dijo Cet, “¡Hijos de rústicos con motes compitiendo conmigo! – pues fue de mí de quien tu padre recibió ese nombre. Fui yo quien le arrancó el talón con mi espada, de modo que solo le quedaba un pie cuando me dejó. ¿Qué podría alentar al hijo del hombre de un solo pie a pelear conmigo?” Entonces el otro se sentó.
[…]

“Apártate ya del cerdo”, dijo Conall. “¿Pero qué debería llevarte a eso?” preguntó Cet. “¡Es muy apropiado”, dijo Conall, “que me desafíes! Acepto tu desafío al combate individual, Cet”, dijo Conall. “Juro por lo que jura mi tribu, que desde que empuñé una lanza no he dormido a menudo sin la cabeza de un hombre de Connacht bajo mi cabeza, y sin haber herido a un hombre cada día y cada noche”. “Es cierto”, dijo Cet. “Eres mejor héroe que yo. Si Anlúan estuviera en la casa, te ofrecería otro concurso todavía. Es una pena para nosotros que no esté en la casa”. “Pero sí que está”, dijo Conall, tomando la cabeza de Anlúan de su cinturón y tirándola al pecho de Cet con tanta fuerza que un chorro de sangre brotó de sus labios. Cet dejó al cerdo y Conall se sentó a su lado. […]
(Anónimo, 1927)

Conall, guardando la cabeza del gran campeón Anluán, recuerda el fragmento de Estrabón según el cual los galos conservaban la cabeza de los enemigos importantes en aceite de cedro, a veces durante generaciones, y que no la vendían ni por su peso en oro.
Por más que sea una obra de fantasía, por más que se trate de una sátira ridiculizando un género ya de por sí exagerado, estoy seguro de que muchas disputas parecidas, muchas peleas como la que se narra en “El Cerdo de Mac Dathó” tuvieron que darse por toda la Europa celta durante siglos.

En el poema anglosajón “Beowulf” se presenta una escena muy semejante a esta. De nuevo una sala de banquetes, en Dinamarca esta vez, de nuevo un anfitrión regio y de nuevo unos comensales jóvenes y ambiciosos alardeando de sus aventuras. Hay una diferencia, sin embargo: la reina de los daneses, Wealhþēow, está presente en la sala. Es ella la que inaugura la cena ofreciendo bebida, uno tras otro, a cada uno de los presentes. Es ella la que establece la jerarquía entre ellos según el orden al servirles, empezando por su propio esposo, el rey Hroðgar. Michael J. Enright, en su interesante estudio sobre la copera regia entre celtas y germanos 1, analiza esta escena del poema y explica cómo la reina, interponiéndose entre los fanfarrones y el anfitrión, desactiva el riesgo de reyertas. Es ella la que interroga a Beowulf y él, al describirle sus hazañas, no puede ofenderse por su escepticismo ni mucho menos desafiarla: las normas de cortesía han suavizado el ambiente. No es un ejemplo aislado ni un invento literario: Enright cita numerosas mujeres de alto rango enterradas con un cucharón como parte del ajuar funerario, recuerdo de su importante papel como coperas, por buena parte de la Europa “bárbara”.

La dama puede ser apaciguadora, pero también puede ser incitadora. Volvamos a Irlanda y veamos lo que sucede cuando las mujeres atizan el fuego en lugar de coger el extintor.
“El Festín de Bricriu” forma parte del Ciclo del Ulster. El relato trata de otro mal anfitrión, Bricriu, que convoca un banquete igual que Mac Dathó sin otro propósito que sembrar la discordia entre los invitados. Bricriu, adulando a los tres mejores guerreros de la provincia, Conall, Laegaire y Cúchulainn, provoca una pelea por la porción del campeón. Cuando finalmente todos llegan a un acuerdo y se impone la paz, Bricriu sale a buscar a sus respectivas esposas y las mueve a pendencia por el privilegio de entrar la primera en la sala de banquetes. La rivalidad entre ellas refleja la de ellos: se jactan de las hazañas de sus maridos, de su buen linaje e incluso, en el caso de Emer, esposa de Cúchulainn, de su vigor sexual:

Nadie tiene la alegría de amar ni la fuerza de amar que yo tengo; todo el Ulster me desea; sin duda soy un deleite del corazón. Si yo fuera mujer ligera, a ninguna de vosotras le quedaría marido mañana.
(Lady Gregory, 1987)

He aquí un mundo en el que ni la modestia ni la castidad son virtudes de las que enorgullecerse: el Ciclo del Ulster fue anotado por monjes, pero tiene muy poco de cristiano.

Como siempre, será Cúchulainn el que salga triunfante y el que al final demostrará su aplastante superioridad. Y sin embargo es el discurso de Lendabair, esposa de Conall, el que siempre me ha parecido más poderoso, el más épico. Lo dejaré aquí, a modo de conclusión, en la deliciosa versión de Lady Gregory y la no menos deliciosa traducción de María Luisa Balseiro, con todo su salvajismo y toda su infantil egolatría, un vislumbre de lo que debió de ser el final de la Prehistoria en Europa Occidental:

[…] soy yo quien debe entrar en la sala con pasos libres y acompasados, por delante de todas las mujeres del Ulster.
Pues mi marido es el agradable Conall del gran escudo, el Victorioso; es arrogante cuando se adelanta con paso valeroso a las lanzas del combate; es arrogante cuando después vuelve a mí, con las cabezas de sus enemigos en las manos.
Él trae su dura espada a la batalla por el Ulster; él defiende todo vado o lo destruye para no dar paso al enemigo; él es un héroe sobre quien se alzará una estela.
Hijo del noble Amergin, ¿quién puede hablar contra su valentía o sus hechos? Es Conall quien acaudilla a los héroes.
Todos los ojos contemplan la gloria de Lendabair; ¿por qué no ha de ser la primera en entrar en la sala del rey?

Cristobo de Milio Carrín, miembro de Fundación Belenos

Notas al pie

(1)

Lady With a Mead Cup (Biblio)

BIBLIOGRAFÍA

ANÓNIMO: ‘The Story of Mac Dathó’s Pig’, Traducción y edición de Nora Kershaw Chadwick. An Early Irish Reader, Cambridge University Press, 1927. Disponible online en http://adminstaff.vassar.edu/sttaylor/MacDatho/
LADY GREGORY: Cuchulainn de Muirthemne, María Luisa Balseiro (trad) Siruela, Madrid 1987.
KINSELLA, THOMAS: The Táin – From the Irish Epic Táin Bó Cuailnge Oxford University Press, Oxford 2002
RIGGSBY, ANDREW M: Caesar in Gaul and Rome – War in Words, University of Texas Press, 2006

 

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